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Pues en mi casa jugamos así.
Economía
Cuando digo a los colegas que he escrito un pequeño programa para la valoración de futuros se piensan que soy un gurú de los mercados financieros. La realidad es que no tengo ni puta idea de finanzas, sólo se de cálculo numérico y gracias. Lo más curioso es que cada vez que les cuento pajas mentales sobre lo que voy leyendo en periódicos o en libros sobre el tema me siento como Moisés bajando del monte Sinaí con una tabla bajo el brazo, contando una sarta de mentiras.
Es curioso que existe la creencia general que los mercados financieros son como un juego. Esta impresión procede en gran medida de ver la bolsa como un gran juego de azar en el que uno apuesta por la subida o la bajada de un determinado valor. Luego se extiende al resto de mercados financieros y ya la tenemos liada.
Los mercados financieros tienen tanto de juego de azar como jugar a la ruleta rusa con una Glock.
Imaginad una partida de parchís con un tío que no conocéis de nada. La partida funciona como esperáis hasta que él os gana por primera vez. Entonces se levanta y te pega un puñetazo. Tú te quedas tan sorprendido como aturdido, te levantas para zurrarle de lo lindo y te para diciéndote: "es que en mi casa siempre jugamos al parchís así". Entonces te planteas dar lo mejor de ti y ganar la próxima partida para atizarle en los morros con todas tus fuerzas y lo consigues. Cuando ya estás cogiendo carrerilla él te suelta una patada en los huevos. Entonces es cuando tú te quedas con cara de gilipollas de verdad y mientras te retuerces de dolor en el suelo te dice: "es que en mi casa jugamos así".
Los mercados financieros no son un juego porque la parte interesada es quien crea las reglas como y cuando quiere y por el motivo que sea. Si millones de operaciones automatizadas hacen que los bancos de inversión pierdan una fortuna la bolsa de Nueva York se afana en anularlas todas. Sin embargo cuando noticias falsas promovidas por fondos de inversión de alto riesgo suben la deuda de un país hay que comprarla al precio del mercado. Porque el mercado es sabio.
Toda esta farsa va más allá de las agencias de calificación, que causaron la crisis financiera y que seguimos creyendo como si en ello nos fuera la vida eterna cuando bajan la deuda irlandesa de AA a A+. Ahora olvidamos que Lehman Brothers tuvo AAA (la máxima calificación) hasta la noche antes de hundirse.
Quizás lo más indignante es que los mismos bancos que causaron el déficit fiscal de los países occidentales ahora son un lobby que fuerza a la reducción del déficit que les sacó de la quiebra. Porque quieren tipos de interés alto para volver a forrarse cuanto antes mejor.
Los mercados financieros no tienen solución. Son la nueva verdad que todo el mundo ha creído. En todos los países los partidos liberales crecen como la espuma. Nadie asocia lo que creen con lo que nos ha sucedido y lo que nos sucederá. Porque del mismo modo que creímos que Dios nos salvaría de la nada ahora creemos que el mercado nos va a comprar un Ferrari. A todos.
Siempre hemos sido igual de necios. La única diferencia es la mentira en la que creemos.
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Opinión
Cuando digo a los colegas que he escrito un pequeño programa para la valoración de futuros se piensan que soy un gurú de los mercados financieros. La realidad es que no tengo ni puta idea de finanzas, sólo se de cálculo numérico y gracias. Lo más curioso es que cada vez que les cuento pajas mentales sobre lo que voy leyendo en periódicos o en libros sobre el tema me siento como Moisés bajando del monte Sinaí con una tabla bajo el brazo, contando una sarta de mentiras.
Es curioso que existe la creencia general que los mercados financieros son como un juego. Esta impresión procede en gran medida de ver la bolsa como un gran juego de azar en el que uno apuesta por la subida o la bajada de un determinado valor. Luego se extiende al resto de mercados financieros y ya la tenemos liada.
Los mercados financieros tienen tanto de juego de azar como jugar a la ruleta rusa con una Glock.
Imaginad una partida de parchís con un tío que no conocéis de nada. La partida funciona como esperáis hasta que él os gana por primera vez. Entonces se levanta y te pega un puñetazo. Tú te quedas tan sorprendido como aturdido, te levantas para zurrarle de lo lindo y te para diciéndote: "es que en mi casa siempre jugamos al parchís así". Entonces te planteas dar lo mejor de ti y ganar la próxima partida para atizarle en los morros con todas tus fuerzas y lo consigues. Cuando ya estás cogiendo carrerilla él te suelta una patada en los huevos. Entonces es cuando tú te quedas con cara de gilipollas de verdad y mientras te retuerces de dolor en el suelo te dice: "es que en mi casa jugamos así".
Los mercados financieros no son un juego porque la parte interesada es quien crea las reglas como y cuando quiere y por el motivo que sea. Si millones de operaciones automatizadas hacen que los bancos de inversión pierdan una fortuna la bolsa de Nueva York se afana en anularlas todas. Sin embargo cuando noticias falsas promovidas por fondos de inversión de alto riesgo suben la deuda de un país hay que comprarla al precio del mercado. Porque el mercado es sabio.
Toda esta farsa va más allá de las agencias de calificación, que causaron la crisis financiera y que seguimos creyendo como si en ello nos fuera la vida eterna cuando bajan la deuda irlandesa de AA a A+. Ahora olvidamos que Lehman Brothers tuvo AAA (la máxima calificación) hasta la noche antes de hundirse.
Quizás lo más indignante es que los mismos bancos que causaron el déficit fiscal de los países occidentales ahora son un lobby que fuerza a la reducción del déficit que les sacó de la quiebra. Porque quieren tipos de interés alto para volver a forrarse cuanto antes mejor.
Los mercados financieros no tienen solución. Son la nueva verdad que todo el mundo ha creído. En todos los países los partidos liberales crecen como la espuma. Nadie asocia lo que creen con lo que nos ha sucedido y lo que nos sucederá. Porque del mismo modo que creímos que Dios nos salvaría de la nada ahora creemos que el mercado nos va a comprar un Ferrari. A todos.
Siempre hemos sido igual de necios. La única diferencia es la mentira en la que creemos.
