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La inherente gilipollez del ser humano

Pienso lo que me da la gana

Antes de marcharme a Madrid mis padres me contaron una anécdota que habían oído en la tele. Un joven llamó a un programa de TV3 contando un desafortunado encuentro. Un hombre con aspecto de ejecutivo, impecablemente vestido, afeitado y peinado se le acercó en el centro de Barcelona. Su historia era que acababan de robarle el maletín donde llevaba el dinero, las tarjetas, la documentación y el móvil. El joven, fiándose de su impecable apariencia dejó que le acompañara el cajero y le prestó, y he aquí donde el chaval queda como el gilipollas mayor del reino, le prestó 600 euros.

Sobra decir que los 600 euros volaron y no regresaron jamás. A riesgo de ser reiterativo: eso sí es ser un gilipollas. Ahora, con nuestra fabulosa empatía pensamos: yo jamás me dejaría engañar de esa manera. Mi respuesta es que en general no somos tan tontos pero sí igual de gilipollas.

Mientras iba de Calella a Barcelona para coger el tren nos quedamos parados durante un cuarto de hora en la estación. Cuando uno lleva tantos años cogiendo ese tren sabe perfectamente qué significa un cuarto de hora de retraso: alguien ha utilizado el tren como método para terminar con todos sus problemas. Para lo único que el servicio de cercanías de Barcelona es infalible es para ayudar a los suicidas, servir de transporte público es otra historia.

Si tenéis un estómago demasiado sensible no leáis la cursiva

Yo ya había visto un atropello antes. Lo vi sin querer y por inocente. Es un espectáculo muy desagradable. No tiene nada que ver con los cadáveres descuartizados de la tele, sería como comparar la pornografía con el sexo de verdad. El tren deja un cuerpo mutilado con cortes limpios y definidos y al ser una muerte traumática los músculos de la cara se tensan dando una expresión rota, de pánico inerte.

Cuando nos acercamos a las ambulancias lentamente alguien gritó. Inmediatamente todos, absolutamente todos los ocupantes del vagón se pegaron a las ventanillas para contemplar el espectáculo de carne picada. Obviamente el resultado fueron caras pálidas, gente disimulando las arcadas y bajones de presión. Fui el único que me quedé sentado en mi sitio. Quizás no todo el mundo es gilipollas y tonto como en tío de los 600 euros, pero todos los de aquel vagón resultaron ser gilipollas y morbosos.

Gilipollas es factor común

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Por guillem  |  sáb 10 Ene 2009  |  Comentar...  | 

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