Totalitarismo
Literatura
Durante mi adolescencia leí bastante sobre totalitarismos y
distopías. Cuando cumplí diecisiete años mis padres me regalaron
una edición de lujo ilustrada de 1984 viendo que mi edición de
bolsillo estaba llena de anotaciones. También leí a Aldous Huxley
y hace tiempo que sé qué es el Soylent Green.
Lo mejor que obtuve de estas lecturas fue la capacidad de detectar
la demagogia. Si sabes cómo se instrumentaliza la masa es muy
difícil que te dejes meter en ella. Forjé entonces mi frase
favorita: "Me sigue indignando pero hace tiempo que dejó de
sorprenderme". Un gobierno que se hace llamar progresista sube los
impuestos mientras permite que el país siga siendo un semiparaíso
fiscal o un secretario general de un partido conservador (que no
liberal) que reparte comida en un comedor social... Por no hablar
de la mediatización del odio por parte de los medios liberales y
conservadores.
Pero no encontré en ninguno de estos libros el germen del
totalitarismo. Es algo que el propio Orwell dice en 1984, lo
importante es la maquinaria que hace mover el estado totalitario
para convertirlo en algo permanente, exento de cambio, para ello
hay que olvidar qué sucedió para llegar a esa situación.
Acabo de terminar "El Imperio" de Ryszard Kapuscinski. El libro
son tres artículos sobre las impresiones que el autor durante sus
varios viajes a la antigua URSS durante los 60 y finales de los 80
con la perestroika.
Durante el año pasado he estado leyendo también a Alexander
Solschenizyn, uno de los intelectuales rusos más prominentes de
finales del siglo XX que dio con sus huesos en un lager siberiano
durante ¿quince? años. A la vuelta tenía una visión preclara de qué
fallaba en la Unión Soviética.
Kapuscinski es más didáctico y directo que Solschenizyn, quizá
porque no es ruso sino polaco. Es más preciso en sus conclusiones
sobre qué llevó a la mayor nación del planeta a convertirse en un
imperio de miedo y muerte.
Solschenizyn habla de tres grandes males que asolan el mundo: el
nacionalismo, el racismo y el fundamentalismo religioso. Las zonas
en las que los tres odios se juntan son los mayores polvorines del
planeta: el Cáucaso, el Mediterráneo oriental, Somalia,
Indonesia... Incluso zonas de Rusia con nacionalismos que datan del
año 2000 antes de cristo (el orígen de Armenia data de Mesopotamia)
quedaron en suspenso debido a la tormenta del terror
estalinista.
Los totalitarismos del mundo coinciden en la total ausencia de
libertad de pensamiento. No sólo de libertad de expresión, uno no
puede tener criterio en absoluto. No puede tener personalidad
puesto que al demostrar sentido crítico se vuelve peligroso.
Pensar, preguntar o entender es nocivo porque deja aflorar las
contradicciones de la desaparición del individuo.
Quien crea que estamos lejos del totalitarismo es un necio por dos
razones:
- La abolición de las libertades es un proceso cíclico en las
sociedades fomentado por el odio. No es suficiente que no odies a
nadie para terminar renunciando a tus libertades, es también
necesario que no te odie nadie.
- La razón desaparece bajo el miedo y el hambre. Quien crea que
cualquier parte del planeta no va a saber qué es el hambre hasta la
muerte térmica del Universo no ha aprendido nada de la historia.
El totalitarismo necesita que desaparezca la relevancia del
individuo con sentido crítico y educación. Los existentes hasta la
fecha han tomado la via drástica: el asesinato o el encarcelamiento.
Existe una tercera vía: la estupidización. Si consigues que la masa
sea estúpida y manipulable, que pase olímpicamente de lo que hagas con
ellos, habrás conseguido exactamente el mismo propósito.
Pero para forzar tal cambio es necesario que una gran proporción
de la población acate la pérdida total de las libertades. Sin la
ayuda de la pobreza extrema la única manera es que todos estemos
convencidos o nos de igual así que en el occidente capitalista aún
podemos llevar la contraria. Aún hay esperanza.
El antídoto del totalitarismo es llegar a un nivel sociocultural
suficiente como para detectar la demagogia. Por desgracia hoy en
día pocos se esmeran en abrir un libro que les ayude a
hacerlo. Cada vez que en una conversación de bar alguien se queja
sobre cómo nos manipulan me dan ganas de darle un par de
bofetadas. Uno escoge ser manipulado y en nuestro caso uno puede
hacerlo sin consecuencias.
Comentarios
Durante mi adolescencia leí bastante sobre totalitarismos y distopías. Cuando cumplí diecisiete años mis padres me regalaron una edición de lujo ilustrada de 1984 viendo que mi edición de bolsillo estaba llena de anotaciones. También leí a Aldous Huxley y hace tiempo que sé qué es el Soylent Green.
Lo mejor que obtuve de estas lecturas fue la capacidad de detectar la demagogia. Si sabes cómo se instrumentaliza la masa es muy difícil que te dejes meter en ella. Forjé entonces mi frase favorita: "Me sigue indignando pero hace tiempo que dejó de sorprenderme". Un gobierno que se hace llamar progresista sube los impuestos mientras permite que el país siga siendo un semiparaíso fiscal o un secretario general de un partido conservador (que no liberal) que reparte comida en un comedor social... Por no hablar de la mediatización del odio por parte de los medios liberales y conservadores.
Pero no encontré en ninguno de estos libros el germen del totalitarismo. Es algo que el propio Orwell dice en 1984, lo importante es la maquinaria que hace mover el estado totalitario para convertirlo en algo permanente, exento de cambio, para ello hay que olvidar qué sucedió para llegar a esa situación.
Acabo de terminar "El Imperio" de Ryszard Kapuscinski. El libro son tres artículos sobre las impresiones que el autor durante sus varios viajes a la antigua URSS durante los 60 y finales de los 80 con la perestroika.
Durante el año pasado he estado leyendo también a Alexander Solschenizyn, uno de los intelectuales rusos más prominentes de finales del siglo XX que dio con sus huesos en un lager siberiano durante ¿quince? años. A la vuelta tenía una visión preclara de qué fallaba en la Unión Soviética.
Kapuscinski es más didáctico y directo que Solschenizyn, quizá porque no es ruso sino polaco. Es más preciso en sus conclusiones sobre qué llevó a la mayor nación del planeta a convertirse en un imperio de miedo y muerte.
Solschenizyn habla de tres grandes males que asolan el mundo: el nacionalismo, el racismo y el fundamentalismo religioso. Las zonas en las que los tres odios se juntan son los mayores polvorines del planeta: el Cáucaso, el Mediterráneo oriental, Somalia, Indonesia... Incluso zonas de Rusia con nacionalismos que datan del año 2000 antes de cristo (el orígen de Armenia data de Mesopotamia) quedaron en suspenso debido a la tormenta del terror estalinista.
Los totalitarismos del mundo coinciden en la total ausencia de libertad de pensamiento. No sólo de libertad de expresión, uno no puede tener criterio en absoluto. No puede tener personalidad puesto que al demostrar sentido crítico se vuelve peligroso. Pensar, preguntar o entender es nocivo porque deja aflorar las contradicciones de la desaparición del individuo.
Quien crea que estamos lejos del totalitarismo es un necio por dos razones:
- La abolición de las libertades es un proceso cíclico en las sociedades fomentado por el odio. No es suficiente que no odies a nadie para terminar renunciando a tus libertades, es también necesario que no te odie nadie.
- La razón desaparece bajo el miedo y el hambre. Quien crea que cualquier parte del planeta no va a saber qué es el hambre hasta la muerte térmica del Universo no ha aprendido nada de la historia.
El totalitarismo necesita que desaparezca la relevancia del individuo con sentido crítico y educación. Los existentes hasta la fecha han tomado la via drástica: el asesinato o el encarcelamiento. Existe una tercera vía: la estupidización. Si consigues que la masa sea estúpida y manipulable, que pase olímpicamente de lo que hagas con ellos, habrás conseguido exactamente el mismo propósito.
Pero para forzar tal cambio es necesario que una gran proporción de la población acate la pérdida total de las libertades. Sin la ayuda de la pobreza extrema la única manera es que todos estemos convencidos o nos de igual así que en el occidente capitalista aún podemos llevar la contraria. Aún hay esperanza.
El antídoto del totalitarismo es llegar a un nivel sociocultural suficiente como para detectar la demagogia. Por desgracia hoy en día pocos se esmeran en abrir un libro que les ayude a hacerlo. Cada vez que en una conversación de bar alguien se queja sobre cómo nos manipulan me dan ganas de darle un par de bofetadas. Uno escoge ser manipulado y en nuestro caso uno puede hacerlo sin consecuencias.
