Tránsito no es lo mismo que transferencia
Pienso lo que me da la gana
Le voy a dar un giro a esto. Tyler ha vuelto. Bueno, no. Ha vuelto pero de otra forma. Paso de mantener dos blogs, uno en blogger y otro aquí. Lo último que escribía era bastante potable, casi sin insultos, y perfectamente podía llevar mi nombre. Simplemente he decidido volver a escribir en el mismo tono. Porque yo lo valgo.
Para que no haya despistes ni confusiones voy a hacer como las páginas perdidas de los diarios de Lewis Carroll. Esas páginas en las que supuestamente se demuestra que era un pedófilo enamorado de una Alice de 11 años y un asesino de prostitutas. Casi nada. Todo lo que escriba a partir del personaje, medio realidad medio ficción, será con esta letra.
Me gusta esta rama de la Filosofía llamada Psicología. Me gusta porque tengo la sensación que cuando se habla sobre la naturaleza humana, en el fondo, están hablando de otro. Es absurdo, lo sé. No se trata de un afán de superioridad sino de esta costumbre tan sana de que, cuando realmente quieres entender algo, más vale hacerlo a través de una ventana que delante de un espejo.
Durante mis seis meses de sesiones leí algo sobre el tema. Lo mío fue un "psicología para dummies" así que lo siguiente viene con un 90% de ego y un 10% de razón. Por lo que creí entender, aunque todos tenemos nuestras fantasías y ideales únicos, nuestras motivaciones son realmente limitadas. Uno puede pensar en ello a lo Pavlov: todos nuestros actos buscan en realidad una recompensa directa o indirecta. También puede pensar en ello a lo Freud: nos es imposible deshacernos de nuestras motivaciones primarias como son el afán de mantener relaciones sexuales y el miedo a la muerte.
Quedarse atrapado en el aeropuerto de Roma-Fiumicino por culpa de una huelga de controladores aéreos franceses tiene un lado positivo: te da tiempo para pensar. Pensé en cómo todos crecemos pensando que cualquier premio requiere un cierto sacrifico. Hacer cosas cuesta y uno no consigue nada si no hace nada. Tiene que ver con el hecho que, en una tesis doctoral, trabajar por la recompensa de hacer una presentación de una hora y poder poner un Dr. delante de tu nombre es sencillamente absurdo.
Estamos educados con la premisa que para conseguir algo uno tiene que sufrir. Sufrir mucho o poco pero sufrir. O bien comprar un número de la lotería o estudiar hasta que uno termina una carrera. Pero luego siempre llega la recompensa.
¿Siempre?
Pensamos que la única consecuencia posible del sufrimiento es una gratificación que consiga que la suma final siempre sea positiva. Pero esto es una falacia como la copa de un pino. Que para conseguir algo sea necesario sufrir no implica que tras cualquier sufrimiento venga una recompensa. Nada impide que lo que venga después sea más sufrimiento. Sin embargo después de deslomarnos esperamos nuestro premio del mismo modo que el perro de Pavlov se ponía a salivar.
Y no termina aquí. Tendemos a pensar que la recompensa será proporcional al sufrimiento. Del mismo modo que pensamos que si una ciudad ha sido arrasada por un terremoto seguro que ese año les toca la lotería. ¡Y venga a llenar autobuses de jubilados para hacer cola en la administración al lado de la iglesia que se cae a cachos!
Como cualquier falacia impuesta por nuestra educación es más común de lo que todos nos creemos. De hecho es probable que nos afecte a todos de manera inconsciente. De cierto modo creemos que quien aguante estoicamente su sufrimiento en esta vida será recompensado con creces en la siguiente. También tendemos a creer que el amor duele. Ahí fue cuando, mientras escuchaba por enésima vez No Surprises con la Blackberry, recordé una conversación con un buen amigo cuando rompieron conmigo por segunda vez. De estas que uno recuerda toda la vida, como cuando se come una bistecca alla fiorentina. ¿Cómo puede ser que si sientes amor incondicional por alguien seas capaz de provocarle sufrimiento?
—Te dije que te iba a dejar. Erais como agua y aceite.
—Gracias. Me estás ayudando mucho.
—Te estoy ayudando. Tú nunca hubieras roto y tal como estaba derivando el asunto hubieras empezado con el proceso de autodestrucción.
—O sea que ahora debería alegrarme... No sé porqué te he llamado.
—Lo digo en serio. Seguro que ahora te estás preguntando qué hiciste mal. No es bueno que te comas la cabeza con esta pregunta porque probablemente no hiciste nada mal. Es que no eres el tipo de tío que se supone que tiene que estar con ella.
—¿Y cuál es el tipo de tío que tiene que estar con ella?
—Tú eres un buen tío. Tu perfil es el del amigo con el que ellas no quieren nada. El amigo que las trata bien por mucho que le puteen. Eres la estabilidad, un marido. A ella le va demasiado la marcha para estar con alguien como tú.
—O sea, un muermo de tío.
—Que conste que lo has dicho tú. Pero sí. Empezaste a salir con ella porque la pillaste en un momento de bajón. Si fueras feo nunca se hubiera acostado contigo y no habrías tenido ninguna posibilidad. Probablemente el tío con el que sale ahora sea el típico gilipollas que la maltratará a ratos. Esto es exactamente lo que está buscando. Alguien que le haga sufrir. Contigo se aburría.
—Tratándola de idiota tampoco estás mejorando las cosas.
—No la estoy llamando idiota. Sólo he dicho que le va la marcha. Que busca emociones fuertes. Lo que quiere es conductismo a tope: sufrimiento y premio.
—¿Esto qué es? ¿Masoquismo?
—No, joder. No pillas nada. Tú le hacías una cena de puta madre casi todos los días. Los fines de semana le preparabas el desayuno. De vez en cuando te la llevabas de viaje romántico. Hasta que eso no tuvo ninguna emoción para ella. Eras previsible. Eras siempre bueno. Siempre romántico. Lo que busca es un tío imprevisible, que de vez en cuando la ningunee o la maltrate. Entonces esa cena como la que tú le hacías todos los días le parecerá la mejor experiencia de su vida. Tú te acordaste de su cumpleaños, te la llevaste a una suite y ella lo encontró lo más normal del mundo. Si lo hace el tío ese se la ganará para dos años más porque será algo extraordinario. Le parecerá una demostración de amor verdadero.
—¿Esto es lo que he hecho mal? ¿Tratarla demasiado bien?
—No. No has hecho nada mal. Tú tratas así a las chicas. Simplemente te digo que ella no quiere eso de un tío. Quiere alguien que la emocione más aunque esto signifique pasarse una noche llorando de vez en cuando. Necesita pensar que después de dejarla hecha un trapo ese gilipollas volverá a ser el príncipe azul de antes. Que en realidad todo es su culpa y blah, blah, blah...
—Vamos, que es masoquista.
—No lo es. Bueno, no es más masoquista que tú o que yo. Probablemente dentro de un tiempo crea que te ha tratado mal e intente reconciliarse contigo por si la relación con el tío ese se vuelve demasiado dolorosa. Porque es lo que pasa siempre. Llega un día en el que el príncipe azul no vuelve. Tu perfil es el de ser la segunda opción; o la cuarta, o la novena.
—Esto es que la receta es tratar mal a las chicas.
—No es algo así. A ti no te saldría. Se te notaría que lo haces premeditadamente. Tú eres, simplemente, poco eficiente. Te esfuerzas un montón en todo. En el otro extremo están los que no les prestan ninguna atención en especial y tienen el don de quererlas en el momento justo. Les dan el premio cuando más lo necesitan.
—¿Y tú tratas así a tu novia?
—¡Ni de lejos! Pero ella es una persona tan aburrida como yo. Es de estas chicas que disfruta pasando los domingos por la tarde en el sofá sin hacer nada, buscándome puntos negros en las orejas o planchando su ropa mientras me habla de sus tonterías. Le basta con no sentirse sola y que no le toquen los ovarios. Las emociones fuertes las busca en otros lados.
—Bueno. En conclusión. Que no es culpa mía.
—Más o menos. Pero esto no va de quién tiene la culpa. Creo que tú haces exactamente lo mismo que ella pero al revés. Tú sí eres masoquista.
—¿Cómor?
—Sí. Ella sigue un esquema de estímulo respuesta a corto plazo y se puede dar cuenta que el gilipollas es gilipollas en un par de semanas. Incluso puede saltar de gilipollas en gilipollas toda su vida. Tú la estuviste cortejando durante un año y te tocó la lotería. Tengo miedo que lo vuelvas a intentar. Porque estas cosas pasan una vez en la vida y es probable que te pases años cortejando a una tía que no te hace ni caso, sintiéndote solo y rechazado, con la esperanza que al final descubrirá lo maravilloso que eres cuando lo más probable es que esto no pase nunca. Ella se puede pasar una noche llorando pero tú te puedes pasar años solo creyendo que tu sacrificio tendrá recompensa.
—¿Este es tu consejo? ¿Que me convierta en un gilipollas?
—No. Mi consejo es que dejes de tomártelo en serio. No puedes ser un gilipollas porque no lo eres y punto. Creo que vives pensando que mereces que te toque la lotería por lo mucho que sufres. Ya te has creído ganador una vez así que puedes meterte en ese pozo fácilmente. Lo que tienes que hacer es seguir comprando boletos sin pensar que jamás te tocará la lotería. Y cuando te caiga un premio bienvenido será. Porque creo que no eres ni guapo, ni listo ni simpático como para que te toque la lotería sin que la suerte haga su trabajo.
Y para los que habeis llegado al final, un premio
Le voy a dar un giro a esto. Tyler ha vuelto. Bueno, no. Ha vuelto pero de otra forma. Paso de mantener dos blogs, uno en blogger y otro aquí. Lo último que escribía era bastante potable, casi sin insultos, y perfectamente podía llevar mi nombre. Simplemente he decidido volver a escribir en el mismo tono. Porque yo lo valgo.
Para que no haya despistes ni confusiones voy a hacer como las páginas perdidas de los diarios de Lewis Carroll. Esas páginas en las que supuestamente se demuestra que era un pedófilo enamorado de una Alice de 11 años y un asesino de prostitutas. Casi nada. Todo lo que escriba a partir del personaje, medio realidad medio ficción, será con esta letra.
Me gusta esta rama de la Filosofía llamada Psicología. Me gusta porque tengo la sensación que cuando se habla sobre la naturaleza humana, en el fondo, están hablando de otro. Es absurdo, lo sé. No se trata de un afán de superioridad sino de esta costumbre tan sana de que, cuando realmente quieres entender algo, más vale hacerlo a través de una ventana que delante de un espejo.
Durante mis seis meses de sesiones leí algo sobre el tema. Lo mío fue un "psicología para dummies" así que lo siguiente viene con un 90% de ego y un 10% de razón. Por lo que creí entender, aunque todos tenemos nuestras fantasías y ideales únicos, nuestras motivaciones son realmente limitadas. Uno puede pensar en ello a lo Pavlov: todos nuestros actos buscan en realidad una recompensa directa o indirecta. También puede pensar en ello a lo Freud: nos es imposible deshacernos de nuestras motivaciones primarias como son el afán de mantener relaciones sexuales y el miedo a la muerte.
Quedarse atrapado en el aeropuerto de Roma-Fiumicino por culpa de una huelga de controladores aéreos franceses tiene un lado positivo: te da tiempo para pensar. Pensé en cómo todos crecemos pensando que cualquier premio requiere un cierto sacrifico. Hacer cosas cuesta y uno no consigue nada si no hace nada. Tiene que ver con el hecho que, en una tesis doctoral, trabajar por la recompensa de hacer una presentación de una hora y poder poner un Dr. delante de tu nombre es sencillamente absurdo.
Estamos educados con la premisa que para conseguir algo uno tiene que sufrir. Sufrir mucho o poco pero sufrir. O bien comprar un número de la lotería o estudiar hasta que uno termina una carrera. Pero luego siempre llega la recompensa.
¿Siempre?
Pensamos que la única consecuencia posible del sufrimiento es una gratificación que consiga que la suma final siempre sea positiva. Pero esto es una falacia como la copa de un pino. Que para conseguir algo sea necesario sufrir no implica que tras cualquier sufrimiento venga una recompensa. Nada impide que lo que venga después sea más sufrimiento. Sin embargo después de deslomarnos esperamos nuestro premio del mismo modo que el perro de Pavlov se ponía a salivar.
Y no termina aquí. Tendemos a pensar que la recompensa será proporcional al sufrimiento. Del mismo modo que pensamos que si una ciudad ha sido arrasada por un terremoto seguro que ese año les toca la lotería. ¡Y venga a llenar autobuses de jubilados para hacer cola en la administración al lado de la iglesia que se cae a cachos!
Como cualquier falacia impuesta por nuestra educación es más común de lo que todos nos creemos. De hecho es probable que nos afecte a todos de manera inconsciente. De cierto modo creemos que quien aguante estoicamente su sufrimiento en esta vida será recompensado con creces en la siguiente. También tendemos a creer que el amor duele. Ahí fue cuando, mientras escuchaba por enésima vez No Surprises con la Blackberry, recordé una conversación con un buen amigo cuando rompieron conmigo por segunda vez. De estas que uno recuerda toda la vida, como cuando se come una bistecca alla fiorentina. ¿Cómo puede ser que si sientes amor incondicional por alguien seas capaz de provocarle sufrimiento?
—Te dije que te iba a dejar. Erais como agua y aceite.
—Gracias. Me estás ayudando mucho.
—Te estoy ayudando. Tú nunca hubieras roto y tal como estaba derivando el asunto hubieras empezado con el proceso de autodestrucción.
—O sea que ahora debería alegrarme... No sé porqué te he llamado.
—Lo digo en serio. Seguro que ahora te estás preguntando qué hiciste mal. No es bueno que te comas la cabeza con esta pregunta porque probablemente no hiciste nada mal. Es que no eres el tipo de tío que se supone que tiene que estar con ella.
—¿Y cuál es el tipo de tío que tiene que estar con ella?
—Tú eres un buen tío. Tu perfil es el del amigo con el que ellas no quieren nada. El amigo que las trata bien por mucho que le puteen. Eres la estabilidad, un marido. A ella le va demasiado la marcha para estar con alguien como tú.
—O sea, un muermo de tío.
—Que conste que lo has dicho tú. Pero sí. Empezaste a salir con ella porque la pillaste en un momento de bajón. Si fueras feo nunca se hubiera acostado contigo y no habrías tenido ninguna posibilidad. Probablemente el tío con el que sale ahora sea el típico gilipollas que la maltratará a ratos. Esto es exactamente lo que está buscando. Alguien que le haga sufrir. Contigo se aburría.
—Tratándola de idiota tampoco estás mejorando las cosas.
—No la estoy llamando idiota. Sólo he dicho que le va la marcha. Que busca emociones fuertes. Lo que quiere es conductismo a tope: sufrimiento y premio.
—¿Esto qué es? ¿Masoquismo?
—No, joder. No pillas nada. Tú le hacías una cena de puta madre casi todos los días. Los fines de semana le preparabas el desayuno. De vez en cuando te la llevabas de viaje romántico. Hasta que eso no tuvo ninguna emoción para ella. Eras previsible. Eras siempre bueno. Siempre romántico. Lo que busca es un tío imprevisible, que de vez en cuando la ningunee o la maltrate. Entonces esa cena como la que tú le hacías todos los días le parecerá la mejor experiencia de su vida. Tú te acordaste de su cumpleaños, te la llevaste a una suite y ella lo encontró lo más normal del mundo. Si lo hace el tío ese se la ganará para dos años más porque será algo extraordinario. Le parecerá una demostración de amor verdadero.
—¿Esto es lo que he hecho mal? ¿Tratarla demasiado bien?
—No. No has hecho nada mal. Tú tratas así a las chicas. Simplemente te digo que ella no quiere eso de un tío. Quiere alguien que la emocione más aunque esto signifique pasarse una noche llorando de vez en cuando. Necesita pensar que después de dejarla hecha un trapo ese gilipollas volverá a ser el príncipe azul de antes. Que en realidad todo es su culpa y blah, blah, blah...
—Vamos, que es masoquista.
—No lo es. Bueno, no es más masoquista que tú o que yo. Probablemente dentro de un tiempo crea que te ha tratado mal e intente reconciliarse contigo por si la relación con el tío ese se vuelve demasiado dolorosa. Porque es lo que pasa siempre. Llega un día en el que el príncipe azul no vuelve. Tu perfil es el de ser la segunda opción; o la cuarta, o la novena.
—Esto es que la receta es tratar mal a las chicas.
—No es algo así. A ti no te saldría. Se te notaría que lo haces premeditadamente. Tú eres, simplemente, poco eficiente. Te esfuerzas un montón en todo. En el otro extremo están los que no les prestan ninguna atención en especial y tienen el don de quererlas en el momento justo. Les dan el premio cuando más lo necesitan.
—¿Y tú tratas así a tu novia?
—¡Ni de lejos! Pero ella es una persona tan aburrida como yo. Es de estas chicas que disfruta pasando los domingos por la tarde en el sofá sin hacer nada, buscándome puntos negros en las orejas o planchando su ropa mientras me habla de sus tonterías. Le basta con no sentirse sola y que no le toquen los ovarios. Las emociones fuertes las busca en otros lados.
—Bueno. En conclusión. Que no es culpa mía.
—Más o menos. Pero esto no va de quién tiene la culpa. Creo que tú haces exactamente lo mismo que ella pero al revés. Tú sí eres masoquista.
—¿Cómor?
—Sí. Ella sigue un esquema de estímulo respuesta a corto plazo y se puede dar cuenta que el gilipollas es gilipollas en un par de semanas. Incluso puede saltar de gilipollas en gilipollas toda su vida. Tú la estuviste cortejando durante un año y te tocó la lotería. Tengo miedo que lo vuelvas a intentar. Porque estas cosas pasan una vez en la vida y es probable que te pases años cortejando a una tía que no te hace ni caso, sintiéndote solo y rechazado, con la esperanza que al final descubrirá lo maravilloso que eres cuando lo más probable es que esto no pase nunca. Ella se puede pasar una noche llorando pero tú te puedes pasar años solo creyendo que tu sacrificio tendrá recompensa.
—¿Este es tu consejo? ¿Que me convierta en un gilipollas?
—No. Mi consejo es que dejes de tomártelo en serio. No puedes ser un gilipollas porque no lo eres y punto. Creo que vives pensando que mereces que te toque la lotería por lo mucho que sufres. Ya te has creído ganador una vez así que puedes meterte en ese pozo fácilmente. Lo que tienes que hacer es seguir comprando boletos sin pensar que jamás te tocará la lotería. Y cuando te caiga un premio bienvenido será. Porque creo que no eres ni guapo, ni listo ni simpático como para que te toque la lotería sin que la suerte haga su trabajo.
Y para los que habeis llegado al final, un premio

