Como ingeniero con la cabeza tan cuadrada como podría ser tiendo a pensar que el marketing ha mandado el mundo a la mierda. No por el hecho que haya contribuido a convertirnos en consumidores y nos haya deshumanizado sino por lo que les ha hecho a las ideas.
Desde la escobilla del water al teléfono móvil pasando por el chupachups, las ideas son buenas o malas. Por la falacia del observador tendemos a pensar que nuestras ideas son siempre las mejores. Simplemente porque son nuestras. El marketing nos intenta vender (porque el gran éxito del marketing es que creamos a los expertos en marketing) que no hay ideas buenas o malas sino buenos o malos vendedores. O buenas o malas estrategias para convencer a todo el mundo que necesitan el cacharro que vamos a construir.
Yo ya tuve mi experiencia con el motor Stirling. Creía que, con un poco de suerte, me iba a zampar el mundo con patatas. Porque es un cacharro tan increíblemente simple y hace algo tan rematadamente bien que pensaba que el éxito sería algo automático. Era fácil de vender.
Pero nunca fue así. El fracaso me dejó un poco perplejo porque no entendía cómo una idea tan buena no tuvo un éxito rotundo. ¡Era mía! Según todos los expertos, y no tan expertos, en marketing la culpa fue de una estrategia de venta equivocada. No era un mal ingeniero, la idea no era mala; simplemente era un mal vendedor.
Hasta que ayer mi jefe soltó la siguiente anécdota. Cito más o menos textualmente.
— En el centro tecnológico de IBM algunas veces generábamos productos. Como trabajábamos con gráficos algunas veces teníamos ideas que podían ser comercializables pero como centro de investigación que éramos, antes debíamos venderlas a otras divisiones de IBM. Recuerdo que quisimos vender una aplicación a la división de PC que a finales de los 80 prácticamente dominaba el mundo. Tuvimos una reunión con ellos que fue bien hasta que nos preguntaron lo siguiente. ¿De esta sala quién necesita lo que nos queréis vender? Nosotros respondimos que todos. ¿De este edificio quién necesita lo que nos queréis vender? A lo que respondimos que entre un 20 y un 10 por ciento. ¿De esta ciudad quién necesita lo que queréis vender? A lo que respondimos que más o menos un 10 por ciento. Su respuesta fue que ellos no iban a dedicar tantos recursos a algo que sólo necesitaba el 10 por ciento de una ciudad.
¿Quién quiere un motor Stirling? ¿Cuántos de vosotros querríais uno?
No me imagino a nadie hablando en esos términos en una reunión sobre un producto nuevo hoy en día.
Da igual lo buena que parezca la idea. Si tienes que convencer a alguien que lo necesita o directamente está orientada a una minoría seguro que está en el límite de la rentabilidad. Las ideas no resultan mejores o peores por lo brillantes o vendibles sino porque cubran una necesidad. Las grandes empresas tienden a cubrir sus propias necesidades así que queda el consumo en masa.
Mientras un producto nuevo crece e intenta consolidarse absorbe crédito y genera la ilusión de obtener beneficios. Da igual que la idea que le dé sustento no valga nada. Mientras uno consiga convencer a inversores para que arriesguen y financien la locura un montón de gorriones picotearán de esa ilusión. A esos gorriones les da igual que luego el barco se hunda, sólo les interesa el proyecto mientras consiga crédito. Total, quien arriesga es el primo de turno.
Hemos llegado a un punto de corrección intelectual en el que nadie mira a los ojos de un emprendedor / empresario / charlatán y le dice con toda la razón del mundo "TU IDEA ES UNA PUTA MIERDA Y TE VAS A HUNDIR". En vez de eso se le dice que ser emprendedor es fabuloso, que está tirando del carro de la economía y que lo importante del fracaso es lo que nos enseña. Si todo el mundo fuera más crítico con las ideas, especialmente con las malas, nos ahorraríamos un montón de millones de euros en recursos, seminarios para emprededores que nunca llegan a empresarios y asesores financieros.