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Basura
Música
Tyler me ha dicho que se moría de ganas de soltar sangrantes comentarios sobre el nuevo vídeo de Lady Gaga pero desgraciadamente había destinado la mañana a fabricar jabón. Me ha pedido que diga unas palabras en su nombre con mi fisno y delicado estilo de gafapasta.
Siempre he comparado la música con la comida para luego resaltar una diferencia esencial entre ambas. El gusto por la comida, como cualquier otra característica de la cultura, debe educarse. Si, como es mi caso, uno ha tenido la suerte de crecer en una pastelería tendrá la gran suerte de distinguir entre una bomba de azúcar para niños obesos y la repostería de calidad. Cuando entro en una pastelería suelo fijarme en la consistencia de la crema de huevo, el color de la cobertura de chocolate, la textura del hojaldre...
Desgraciadamente no todos tenemos la oportunidad de distinguir entre las bellotas y una Sfogliatella riccia. Así que cuando un comedor de bellotas me dice que todo es cuestión de gustos y que los suyos son tan válidos como los míos me limito a no invitarle nunca a comer; si es incapaz de diferenciar la buena comida de la mierda por lo menos que no me haga perder dinero. Lo sé, soy un intolerante, pero nuca me he sentido cómodo con quien ignora que se puede disfrutar muchísimo con la comida y te manda a tomar pol culo cuando se lo recuerdas.
Pero educar el gusto por la comida tiene un inconveniente: cuesta dinero. Es comprensible que quien no se lo puede permitir no sea capaz de adquirir este tipo de cultura. Por esto me considero afortunado al respecto; he podido probar cosas exquisitas todos los días de la semana sin tener que pagar un duro.
El gusto por la música también se cultiva. A los doce años tuve la suerte de descubrir la colección de vinilos de mi padre y aprendí que no todo en la vida eran los pitufos makineros. Pero entre la música y la comida hay una gran diferencia. Un disco de Coltrane, Miles Davis, Clapton o Beethoven cuesta lo mismo (sino más), que el último de Shakira. Una entrada para MUSE o Radiohead cuesta más o menos lo mismo que una para Tokio Hotel.
Por eso cuando uno que es incapaz de diferenciar el ruido de la música me dice que todo es cuestión de gustos y que no puedo criticar los suyos siento vergüenza ajena. Lo sé, soy un intolerante, pero a medida que me hago mayor me vuelvo cada vez más facha.
Mantener a la gente estupidizada es fabuloso, porque les puedes vender mierda a precio de oro. Cualquier canción con un mínimo de calidad y la suficiente promoción se te planta en el 1 de los 40 principales a base de ponerla siete veces al día. Lo importante es crear música para que quien la escucha no se dé cuenta que come bellotas. El problema nunca ha sido la música, siempre ha sido quien la escucha. Los discos de Britney Spears son una bazofia, pero alguien con talento puede sacar música con la misma partitura. A continuación unas cuantas rarezas, tan raras que el vídeo es de una calidad pésima.
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Cocina
Tyler me ha dicho que se moría de ganas de soltar sangrantes comentarios sobre el nuevo vídeo de Lady Gaga pero desgraciadamente había destinado la mañana a fabricar jabón. Me ha pedido que diga unas palabras en su nombre con mi fisno y delicado estilo de gafapasta.
Siempre he comparado la música con la comida para luego resaltar una diferencia esencial entre ambas. El gusto por la comida, como cualquier otra característica de la cultura, debe educarse. Si, como es mi caso, uno ha tenido la suerte de crecer en una pastelería tendrá la gran suerte de distinguir entre una bomba de azúcar para niños obesos y la repostería de calidad. Cuando entro en una pastelería suelo fijarme en la consistencia de la crema de huevo, el color de la cobertura de chocolate, la textura del hojaldre...
Desgraciadamente no todos tenemos la oportunidad de distinguir entre las bellotas y una Sfogliatella riccia. Así que cuando un comedor de bellotas me dice que todo es cuestión de gustos y que los suyos son tan válidos como los míos me limito a no invitarle nunca a comer; si es incapaz de diferenciar la buena comida de la mierda por lo menos que no me haga perder dinero. Lo sé, soy un intolerante, pero nuca me he sentido cómodo con quien ignora que se puede disfrutar muchísimo con la comida y te manda a tomar pol culo cuando se lo recuerdas.
Pero educar el gusto por la comida tiene un inconveniente: cuesta dinero. Es comprensible que quien no se lo puede permitir no sea capaz de adquirir este tipo de cultura. Por esto me considero afortunado al respecto; he podido probar cosas exquisitas todos los días de la semana sin tener que pagar un duro.
El gusto por la música también se cultiva. A los doce años tuve la suerte de descubrir la colección de vinilos de mi padre y aprendí que no todo en la vida eran los pitufos makineros. Pero entre la música y la comida hay una gran diferencia. Un disco de Coltrane, Miles Davis, Clapton o Beethoven cuesta lo mismo (sino más), que el último de Shakira. Una entrada para MUSE o Radiohead cuesta más o menos lo mismo que una para Tokio Hotel.
Por eso cuando uno que es incapaz de diferenciar el ruido de la música me dice que todo es cuestión de gustos y que no puedo criticar los suyos siento vergüenza ajena. Lo sé, soy un intolerante, pero a medida que me hago mayor me vuelvo cada vez más facha.
Mantener a la gente estupidizada es fabuloso, porque les puedes vender mierda a precio de oro. Cualquier canción con un mínimo de calidad y la suficiente promoción se te planta en el 1 de los 40 principales a base de ponerla siete veces al día. Lo importante es crear música para que quien la escucha no se dé cuenta que come bellotas. El problema nunca ha sido la música, siempre ha sido quien la escucha. Los discos de Britney Spears son una bazofia, pero alguien con talento puede sacar música con la misma partitura. A continuación unas cuantas rarezas, tan raras que el vídeo es de una calidad pésima.
